Hubo un tiempo en que las cosas prodigiosas y los milagros eran cosa de todos los días. Había gente que vivía 969 años y se construían edificios para alcanzar el cielo aunque estos no se terminaran de construir nunca.
Dios vivía a unos cuantos metros más arriba de las cabezas de los hombres, por lo tanto Él escuchaba a los simple mortales con mucha más facilidad que ahora, pero también por aquellos tiempos había gente reducida a la función de perros: se les llamaba esclavos y lo eran así porque así se lo merecían, según dijo el famoso filósofo Harry S. Tóteles en un célebre opúsculo salvado hasta nuestros días. Eran los días de las primaveras y de los veranos sin lluvias ácidas. Desde luego el mundo entero era un valle cenagoso y lleno de misterios. Cada cierto tanto de tiempo nacía un artista en los hogares, y como no se sabía que el niño iba a ser un artista se le daba la misma educación que a los demás vástagos, hecho que hacía del niño artista un ser bastante normal que, al paso de los años, sencillamente desarrollaba su intelecto y sus habilidades creativas sin ningún complejo. Nadie sabía lo que era un niño prodigio, ni tampoco nadie hablaba de complejos y ni de enfermedades psicosomáticas, lo que quiero decir es que no había tantas taras en los seres humanos. Sencillamente a la gente se le trataba de lo más normal y el que iba para burro o para burra, a eso se dedicaba sin menosprecio por la actividad que realizara por parte de los demás. En aquel tiempo, a demás, todas las mujeres -sin excepción alguna- eran leonas en celo. Desde luego también había seres grotescos: no faltaban los tipos con caras de sapo que vivían, como es obvio, junto a estanques de aguas podridas. Y desde luego también estaban las esposas de los tipos con caras de sapo: las señoras focas que, la mar de felices que, en su lógica condición de focas, todo le aplaudían a sus maridos con caras de sapo y papadas de obispo. Pero el tiempo pasó, amiguitos, y hoy, aquel maravilloso mundo de ayer (parafraseando a Stephan Zweig) ha desparecido para siempre; y hoy, en el mundo de hoy, quiero decir: todo es falso y disfrazado, nada que ver con aquel mundo de ayer lleno de prodigios, y de gente que vivía casi mil años, torres de Babel, y un Dios que vivía en el piso de arriba, a la par de las leonas en celo… El porqué del colapso de ese mundo nadie lo sabe, pero yo, esta tarde trataré de dar algunas pistas que podrían explicarlo todo.
Punto y aparte.